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Su infierno privado, de NWR

Crítica 2026 por @kubrick_hates_thursdays 9 Oct 2026

Sinopsis:

Cuando una misteriosa niebla envuelve una metrópolis futurista, liberando a una presencia esquiva y letal, una atormentada joven se lanza a la búsqueda de su padre. Su búsqueda se cruza con la de un soldado estadounidense inmerso en una angustiosa odisea para rescatar a su hija del infierno.

Crítica:

En Catalunya solemos decir «a cada bugada es perd un llançol» (en cada colada se pierde una sábana) cuando queremos referirnos a algo o a alguien que no avanza o que va hacia atrás. Estoy convencido de que es lo que habrán pensado muchos de los que se han reunido hoy aquí en la Sala Meliá del Festival de Sitges después de ver ‘My Private Hell’, la última película de Nicolas Winding Refn. Y no les quitaría la razón, si no fuera porque uno tiene la sensación de que el director de ‘Valhalla Rising’, que lleva años huyendo orgullosamente de la exitosa estela de ‘Drive’ – su obra más conocida, reconocida, comercial y que menos se parece al resto de su filmografía – a esta parte de público desencantada, harta de tanta «vacuidad pretenciosa», que considera que su obra se ha convertido en un meme, la tiene más que descontada.

Cineasta indomable donde los haya, NWR lleva años demostrando que sigue teniendo la libertad y el valor de filmar pesadillas radicales, incómodas y visualmente deslumbrantes sin importarle complacer a las masas. Lo hizo por primera vez con ‘Only God Forgives’ e insistió en esa misma idea en ‘The Neon Demon’ -cintas que dialogan directamente con ‘My Private Hell’ – y en dos de las series más radicales que se han podido ver últimamente en televisión,’To Old to Die Young’ y ‘Coppenhage Cowboy’.

Todos ellos, trabajos que son la consecuencia natural de la redefinición y la sublimación de un estilo provocador, que antepone la imagen a la palabra, lo alegórico a lo literal, lo sensorial y la construcción de atmósferas a la sustancia y el desarrollo de narrativas convencionales y que apuesta por diseñar espacios artísticos para la contemplación, donde los silencios le ganan la mano a la acción más desenfrenada y donde el uso de la violencia se siente como una experiencia hipnótica y puramente estética.

Con su nueva aproximación fetichista al cine de género, Refn, devoto absoluto de los thrillers criminales y del cine de explotación, rinde homenaje al Giallo italiano de los 70 a través de la deconstrucción de un cuento de hadas abstracto y perverso que tiene lugar en una metrópolis industrial de aires retro futuristas, engullida por una espesa y amenazante, que nada bueno lleva, bañada en luces de neón marca de la casa.

Un cuento metafórico de raíz edípica, sin princesa prometida aunque sí acosada por un enjambre de concubinas con madrastra malvada incluida, que juegan a ser ‘Barbarella’ en rodajes de películas de Serie B, encerradas en una lúgubre y acristalada torre de marfil y por el dolor que le provoca la morbosa y dependiente relación que mantiene con su padre. Con un rey ridículo y sin corona, alucinado productor de cine y padre ausente también; con príncipe, azul oscuro casi negro, que sobrevive en el subconsciente de la protagonista, perdido en la obsesiva búsqueda de una hija desaparecida, mientras se cita a muerte con la yakuza en los fascinantes suburbios surrealistas e hiper estilizados de un Tokio neo noir y ciberpunk y con un monstruo de estética glam, revestido de cuero, asesino en serie del inframundo que mata de manera brutal y salvaje a mujeres, desde las sombras, ataviado con guantes «cubiertos de diamantes que cortan como navajas».
Todos ellos forman parte de una troupe estrambótica, sacada de un letárgico y opiáceo sueño, consumida por los celos, la envidia, la melancolía, la soledad, los desafectos y el alineamiento más absoluto.

Atrapada física y mentalmente en sus propios infiernos y que tiene que lidiar con traumas relacionados con el duelo, el rechazo y el abandono en un ambiente tan onírico como opresivo y hostil.

Winding Refn toma todo ese material de radical artificialidad y lo agita en su coctelera formal para contarnos una fábula de tinte psicosexual que se siente – como ha reconocido el mismísimo director antes de su proyección en el festival – como un «buen tiro de cocaína’. Una historia entorno a los «daddy issues» algo trillada, reconozcámoslo, que gravita sobre la tiranía del patriarcado y el peso de sobrevivir en un mundo modelado bajo el control y la violencia masculina.

El problema es que esa denuncia se queda en el fondo de todo, aplastada por la belleza de la incólume fotografía de Magnus Joenck, el severo cripticismo del relato, la confusión que genera la difusa arquitectura de su guión y el hieratismo de unos protagonistas que ni sienten ni padecen.

El mensaje de ‘My Private Hell’ acaba anestesiado por un universo visualmente embriagador, demasiado gélido y distante, que no invita demasiado a la reflexión. Pero acaso eso importa cuando hablamos de una película de Nicolas Winding Refn?

Cabe destacar la suntuosa y orquestal música que el maestro, Pino Donaggio (‘Carrie’), ha compuesto para la ocasión. Una partitura melodramática con mucho sentido operístico, que acompaña a las imágenes en todo momento y enfatiza la idea de concebir esta película como una tragedia en tres actos.

Conclusión:

‘The Private Hell’, para sorpresa de nadie, no juega en la liga de los thrillers que se desarrollan y se resuelven por vía de la lógica y eso, probablemente, la convierta en una cinta cuya experiencia frustre a la mitad de la audiencia. Como decía más arriba, creo que al bueno de Nicolas, que es un autor con todas las letras, este detalle que no es menor, no le preocupa lo más mínimo, siempre y cuando la otra mitad sigamos amando su trabajo.

Título originalHer private Hell
DirecciónNicolas Winding Refn
Reparto principalSophie Thatcher, Charles Melton, Diego Calva
PaísDinamarca
Año2026
Duración (min)107 min

6.5/10

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