Rueda de prensa En el corazón de la bestia, con Brad Pitt, David Ayer y Olivia Hamilton
Quinta jornada en la 74ª edición del Zinemaldia. Y estando Bradley William Pitt en San Sebastián, pues qué vamos a contaros, no íbamos a dejar pasar la oportunidad de verle de cerca y escucharle hablar. Hay días en el Festival en los que uno va de un lado a otro para poder llegar a tiempo a cada uno de los pases. Y hay otros en los que se espera paciente en la sala de prensa principal de Kursaal para ver a Brad Pitt. Hoy ha tocado lo segundo.
Máxima expectación por ver al de Oklahoma. Muchos de los medios de comunicación allí presentes llevaban pósters, películas en Blu ray, y otros objetos con intención de que la estrella pudiera sacar también un momento para firmarlos. Pitt llegaba acompañado por David Ayer y Olivia Hamilton para presentar En el corazón de la bestia.

Han pasado diecisiete años desde su última visita a Donostia (fue por Malditos Bastardos) y se le notaba contento de volver. Habló de la ciudad, de la comida, del paisaje y de Eduardo Chillida, uno de sus artistas favoritos. También contó que había podido disfrutar de la ciudad fuera del trabajo (sabemos que estuvo cenando con Orlando Bloom en un Peruano buenísimo hace un par de días). Lo justo, seguramente, para recordar que hay ciudades a las que merece la pena volver (guiño, guiño).
Tocaba hablar de la película. Y, con ella, de su verdadero protagonista: Uber.
Uber es el perro que interpreta a Odín, su compañero en esta historia, y también tras las cámaras. Un pastor alemán que, según contó Pitt, acabó convirtiéndose en uno más del equipo.
Trabajar con él significaba aceptar que no todo iba a salir como estaba previsto. Si Uber hacía algo distinto a lo que decía el guion, había que seguirle. “En algunas escenas me superó”, reconoció Pitt entre risas.
La solución fue sencilla: jugar con él y darle mucho cariño para que siempre estuviera cómodo. Pelota, comida y muchas horas juntos. Pitt explicó que tenía que hacer de actor y, al mismo tiempo, de entrenador. “Gracias al pollo que llevaba en el bolsillo”, bromeó cuando le preguntaron cómo conseguía que el perro le hiciera caso.
David Ayer contó que Uber tenía prácticamente el mismo trato que cualquier estrella de Hollywood. Su espacio, tiempo, sus cuidados, maquillaje…
En el corazón de la bestia, habla de supervivencia, pero también de dos compañeros que han pasado por la guerra y que tienen que aprender a vivir después de ella. Pitt insistió en que lo importante no era tanto la acción como el vínculo entre el hombre y el animal.
“Luchan más por el otro que por ellos mismos”.
Y de ahí, casi sin darte cuenta, la conversación se fue a otros lugares. A los momentos complicados. A la familia. A los amigos. A la necesidad de tener gente cerca cuando las cosas vienen mal dadas. Pitt dijo que, en sus días más oscuros, hablar abiertamente de sus problemas con las personas que quería “lo fue todo”.
También habló del Hollywood de ahora, que ya no se parece demasiado al que conocimos hace veinte o treinta años. Las plataformas, los cambios en la forma de producir y de ver películas, las dificultades del cine de presupuesto medio. Pero también insistió en las nuevas oportunidades para directores, actores y equipos de producción.

Y entonces una frase que quizá explica bastante bien por dónde iba la conversación: “Quizá deberíamos dedicar más tiempo a aquello en lo que coincidimos”.
Puede parecer una respuesta demasiado sencilla para una rueda de prensa con Brad Pitt. Pero quizá por eso funcionó tan bien.
Al salir, Donostia seguía a lo suyo. La gente paseando, los bares ya llenos, periodistas corriendo con el móvil en la mano y, alrededor del Kursaal, algunos esperando todavía un último contacto visual con a la estrella.
Y lo hubo.
Cuando el coche del Festival comenzó a alejarse, Brad Pitt bajó la ventanilla. Desde dentro, saludó y sonrió despidiéndose de quienes se habían quedado por la zona. Algunos le reconocieron al instante y empezaron a gritar su nombre. Pitt respondió con más saludos y algún gesto de complicidad antes de desaparecer entre las calles de San Sebastián.
Unos segundos. Nada más. Pero suficientes para que nuestro quinto día aquí en Donosti terminara con esa pequeña escena que uno no había previsto y que, precisamente por eso, acabaremos recordando.
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